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El arma secreta

“Las balas nos silbaban rabiosas por encima de la cabeza. Los gritos de los compañeros a penas se hacían audibles por el horrible ruido de la PKM, cuando no se encasquillaba. De fondo un poco menos audible, pero más amenazador aún, se escuchaban los gritos de los iraquíes cada vez más cerca.

Entonces una gran explosión nos lanzó a todos por los aires. Uno de esos hijos de puta había impactado de pleno al Humvee del sargento Reeds con el lanzagranadas MK19. De esos desgraciados no quedó más que una papilla roja de metal y sesos. Y de nuestro convoy, El sargento Rogers, Gail y yo. O lo que quedaba de nosotros.

Por culpa de la explosión del Humvee de Reeds el nuestro había volcado inutilizando nuestra PKM, dejando inconsciente a Gail y aplastando un brazo a Rogers que lloraba como un niño de cuna. Intenté alejarme gateando del Humvee antes de que nos rodearan para rematarnos. Demasiado tarde, una patada me giró para que pudiera ver el puto cielo del desierto y la cara del hijo de puta que me iba a volar los sesos con un kalashnikov.

Ya me relajé ante imposibilidad de hacer nada para recibir tranquilo a la muerte, cuando una enorme bola de plástico aplastó como una mosca a mi ejecutor. Totalmente desconcertado intenté entender que estaba pasando… muchas más de esas gigantes bolas de plástico estaban cayendo del cielo interponiéndose entre los muyahidines y yo… y dentro de esas bolas… joder dentro había algo vivo.

Como en una película de serie B, los ocupantes del interior de las bolas de plástico rasgaron la burbuja y salieron como un ejército del infierno a por aquellos pobres desgraciados. Yo sólo podía creer que en verdad había muerto y estaba en el infierno. Teniente, eran Gorilas!. Gorilas como los del National Geographic, como los de la puta Dra. Fossey. Aquellas bestias peludas enormes estaban aplastando, machacando, mordiendo, golpeando y desgarrando a los muyahidines, haciendo caso omiso de las balas que llegaban a impactarles.

Cuando ya no quedó ni uno de los iraquíes empezó a brillar un led en la cabeza de todas esas bestias. Un led de un dispositivo que parecía injertado en sus cráneos, inmediatamente después cayeron todos al suelo, fulminados, y ahí es cuando ya bajó usted con el Chinook.

Teniente por favor, me puede explicar que cojones ha pasado ahí abajo?”

“… Si quiere que las muertes de sus compañeros no hayan sido en vano, si quiere seguir siendo un marine, si quiere seguir defendiendo y protegiendo a los Estados Unidos de América usted va a aceptar la medalla al honor por haber acabado con ese pelotón de muyahidines. Soldado Garrick, necesito que cuando se baje este helicóptero se olvide lo que realmente ha pasado ahí abajo, acepte los honores, rehaga su vida y nunca mencione con nadie nada acerca de esta conversación, y necesito que me lo deje firmado.”

“… Sí señor.”