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Operación bizarra

Todo estaba saliendo según lo previsto. No estaba nervioso, de hecho rara vez me pongo nervioso en una operación. El fórceps sostenía la caja torácica abierta que emitía algún leve crujido cada vez que utilizaba un poco de fuerza. La enfermera secaba el sudor de mi frente y me acercaba el material que iba a necesitar a continuación sin mediar palabra, casi como un ritual mil veces ensayado.

El trasplante cardíaco estaba prácticamente finalizado, me disponía a cerrar la cavidad torácica en cuanto hubiera cauterizado las incisiones internas. Súbitamente un chorro de sangre empapó mis gafas de protección cegándome completamente, cuando pude retirarla un poco y ver algo, la expresión de tensión en la cara de mi enfermera me hizo temer lo peor. Efectivamente la pinza de la arteria coronaria no estaba bien sujeta y ahora el paciente se desangraba por una fuente de sangre que brotaba de su pecho.

Lo que antes era precisión y coordinación milimétrica, ahora se había convertido en un bailoteo nervioso de manos jugueteando en el pecho abierto de mi paciente. Como el silbato del árbitro que indica el final del partido, el monitor cardíaco indicaba que perdíamos al paciente por segundos. Al fin La pantalla de monitorización indicaba con una línea contínua y horizontal que el paciente se nos había ido.

Todavía estábamos mirándonos la enfermera y yo, preguntándonos qué había salido mal, cuando todo se volvió bizarro. El paciente alzó sus brazos apartándonos de su cuerpo abierto como un túnel y con una potente voz nos espetó: “¿Es que todo lo tengo que hacer yo?”.

A continuación presionó sus propias costillas que crujieron como una puerta vieja. Extendió una mano señalando una grapadora de sutura que se encontraba en la bandeja de instrumental, como aturdido por un extraño encantamiento se la acerqué. Él mismo colocó torpemente unas doce grapas uniendo de muy mala manera su caja torácica que aún presentaba huecos por los que se derramaban sangre y flujos internos en abundancia.

Lo último que vimos de aquel individuo fue su dedo medio dirigido hacia nosotros mientras se alejaba del quirófano.