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Mi traición

Voy a contaros la experiencia más traumática de mi vida, el momento que lo cambió todo, mi traición.

Me encontraba yo ensimismado en mis quehaceres cuando recibí la siempre agradable visita de mi progenitor. Manteníamos un agradable coloquio sobre las cosas de la vida, nuestras aflicciones, aventuras y desventuras, cuando sin previo aviso se desató el horror.

Con un rápido gesto que no pude prever, mi padre atrapó en una presa cruel mi nariz entre sus dedos. Los rápidos y precisos movimientos de mi padre me cogieron totalmente fuera de juego. En aquel momento solo la confusión y el pavor ocupaban mi mente. ¿Cómo era posible que aquella persona utilizara su superioridad física con tanta impunidad contra mí?

Aterido de terror, pugné por liberarme de aquel ataque totalmente inesperado. Mi mundo se derrumbaba al ritmo sincopado de la risa del hombre que me había dado la vida. Que poco podía prever que aquella, ya de por sí terrorífica situación, podía empeorar hasta el absurdo. Con un brusco tirón de sus dedos, la presa cesó, pero la locura se desató en mi mundo cuando con una amplia sonrisa mi padre alzó su puño delante de mi cara y afirmó:

         “Mira, te he quitado la nariz”

Mi mundo se derrumbaba, no sólo estaba sufriendo la traición de la persona que tenía como referente en el mundo, sino que también ahora estaba mutilado. ¿Qué clase de monstruo era yo ahora?, ¿Qué tipo de engendro desnarigado iba a observar cada día en el espejo?. Sintiéndome totalmente impotente y lleno de frustración, no pude hacer otra cosa que romper a llorar.

Aparentemente apiadado por mi sufrimiento, aquel individuo que se hacía llamar “papá” cesó repentinamente su actitud hostil y burlesca, me acogió en sus brazos y acunándome liberó la segunda frase, madre de todas las traiciones:

         “No llores hombre, que es mentira, no te he quitado la nariz”

¿De verdad era yo merecedor de tanta insidia?, ¿Qué motivo oscuro había llevado a aquella aparentemente entrañable persona a obrar injurias contra mí?

Una vez hube asimilado que había caído como un memo en la treta, reaccioné, quizás desmedidamente, con la peor de las represalias que conocía. Dejé de hablarle. Y para reafirmar mi posición de bloqueo, adelanté mi labio inferior remarcando mi posición.

Ahora, 10 minutos después de los hechos, estoy considerando levantar el veto comunicativo, porque desgraciadamente necesito de la cooperación  del apóstata. Toby, mi peluche, está encima de la mesa y yo no llego.