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El secreto de los Yeroi

El vértigo me atenazaba, me impedía seguir adelante. 30 metros de altura me separaban del suelo. La pasarela de cuerda vieja y madera podrida no inspiraban mucha seguridad, pero la alternativa a seguir adelante era mucho peor.

Unos momentos atrás la selva entera había cesado su algarabía. Ya no se escuchaban los tucanes, los monos narigudos ni los grillos, y eso sólo podía significar una cosa, los Yeroi me habían descubierto, y ahora me estaban buscando.

Como una dolorosa respuesta a mis pensamientos noté un dolor punzante en el muslo, un dardo me había alcanzado. Me giré para ver de donde procedía, pero sólo pude ver el mismo escenario que había visto durante las tres semanas que llevaba oculto, la selva.

Avancé todo lo rápido que pude por aquel puente, sabiendo que no me quedaba demasiado tiempo de estar consciente.

Al alcanzar la otra parte del desfiladero utilicé las pocas fuerzas que me quedaban en sacar mi machete y cortar las cuerdas que sostenían aquel rudimentario puente. Lo último que recuerdo entre la neblina que me producía el curare es la imagen de los Yeroi observándome impasibles desde lo profundo de la selva.

¿Me preguntas si hice aquello por salvarme?, en absoluto. Yo ya me daba por muerto. hice aquello por salvarlos a ellos. Por salvaguardar sus secretos de hijos de puta avariciosos como tú.

Y tranquilo, no quiero matarte.

Cerdos como tú buscando el secreto de los Yeroi los hay a cientos, y si te matase vendría otro a buscarme, porque soy el único que los ha encontrado.

Tranquilo, que esta bala no es para tí. Yo ya he cumplido mi cometido. Esta bala es para mí.

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