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El ídolo del bosque

Al principio todo era excitación y arrojo dentro de mí, a medida que se iba espesando el bosque y se iba atenuando la luz, el arrojo se iba transformando en cautela, y más tarde en intranquilidad, hasta que llegué a un estado de tensión que me presionaba las sienes y me atenazaba las tripas.

Todos en el poblado estuvieron de acuerdo en que era yo el que debía adentrarme en el bosque para recuperar el ídolo Obad-Hai. Muchos años habían pasado desde que el sacerdote caído Viefer lo robó y huyó con él al bosque oscuro, quemando nuestra pequeña iglesia tras de sí.

Ahora la necesidad nos obligaba a enfrentar nuestro miedo atávico al bosque, pues necesitábamos de la magia del ídolo para curar la enfermedad de la boca negra. Realmente nadie estaba seguro de si la enfermedad era una maldición por nuestra falta de fe, o si por el contrario los ataques en aumento de las alimañas del bosque nos habían traído esta desgracia.

Yo era el único en el poblado ni demasiado viejo, ni demasiado joven, ni demasiado enfermo como para entrar en el bosque a buscar el ídolo. En ningún momento quise ser un héroe, pero sólo podía pensar en encontrarlo pronto y curar las caras de terror de mis vecinos y amigos enfermos.

Al poco tiempo de adentrarme en la espesura, el camino se fue ocultando bajo las hojas y desdibujándose por los envites del tiempo. Sólo  podía pensar que hasta aquél punto no había llegado ninguno de los habitantes de mi poblado, por lo menos desde hacía muchos años. Después de pasar un tiempo indefinido caminando, percibí que todos los sonidos naturales del bosque habían cesado. Temí haberme quedado sordo, hasta que un leve zumbido me hizo girar la cabeza hacia el este.

Bajo la densa capa de hojas de la cúpula del bosque todo eran sombras, pero de un punto hacia el este surgía una tímida luz que llamó mi atención. Con curiosidad me acerqué a investigar. Cuanto más me acercaba, más aumentaba el brillo de aquella luz, y ahora que estaba más próximo, pude notar un leve titilar de luces. Nunca pude imaginar cual era la verdadera fuente de aquel fulgor.

Cientos, miles de insectos formaban una informe esfera viviente que levitaba a un metro del suelo. Las luciérnagas que se encontraban en aquella maraña eran las culpables de aquella luz titilante. Aturdido aún por aquella escena, pude vislumbrar entre los frenéticos aleteos el reflejo de una pieza metálica en el centro de la bola insectoide.

La esperanza me animó a enfrentar el miedo a aquella abominación, y a acercarme no sin temor. Cuanto más me acercaba, más me zumbaban los oídos por aquella horrible algarabía, incluso podía notar la potente vibración en el suelo a mis pies y en mi estómago. Los insectos no hicieron gesto alguno cuando me planté delante de ellos, sin embargo cuando acerqué la mano al objeto central cambiaron su comportamiento de forma radical.

Como una nube de masa informe, los insectos reconfiguraron su formación en esfera y poco a poco formaron entre todos la figura de un gran rostro bostezante.

  • “Freyeth, cuanto tiempo, que no nos veíamos por el templo hijo mío. ¿Acaso perdiste la Fe en Obad-Hai? Es hor de que te unas a tus nuevos hermanos”

No sé qué me aterró más, si que aquel horror pronunciase mi nombre, o si justo después de ello reconociese en la masa de insectos, las facciones de nuestro antiguo sacerdote Viefer. Apenas hubo terminado su frase, la nube de bichos deshicieron el semblante de Viefer para dirigirse hacia mí, apenas me dio tiempo a correr unos metros cuando se echaron sobre mí y caí de bruces en el suelo.

Me tapé la cabeza con los brazos temiendo que los insectos entrasen en mi cuerpo por las orejas o la boca. En aquella posición fetal, pero aun así totalmente expuesta, noté picaduras, mordiscos, quemaduras y un sinfín de dolores distintos que sin duda acabarían rápidamente con mi vida. En aquella situación hice lo único que se podía hacer, rezar.

“Obad-Hai, hace mucho que no te rezo, pero bien sabes que nunca he quebrantado tus leyes de la naturaleza. Ahora te pido, no sólo por mí, sino por los habitantes de este bosque. Que repares este insulto a tu nombre y elimines esta aberración que pervierte tu palabra.”

De un modo inexplicable mis manos ateridas de dolor se cerraron como garras asiendo la hojarasca sobre la que había caído. Pude ver entonces como los peciolos de estas hojas se entrelazaban formando una maraña que se extendía bajo mi cuerpo. Entonces lo entendí todo, Obad-Hai me había escuchado.

Casi instintivamente giré mi cuerpo hacia arriba, y lancé con inercia la maraña sobre el enjambre terrible. La red de hojas entrelazadas se estiró de tal modo que cubrió a todos los insectos a la vez, después de esto se volvió a encoger “absorbiendo”, de algún modo, a las alimañas, asimilándolas a su propia malla en forma de nuevas hojas.

Aún muy dolorido por las picaduras, pero lleno del fervor del que se siente escuchado por los dioses, me dirigí al punto del que había surgido la aberración zumbante, y allí sólo quedaba un ídolo dorado sobre un pedestal de madera nudosa.

Al tocar el ídolo noté un fuerte pinchazo en las sienes acompañado por una voz que retumbó en mi interior:

  • “Me has puesto en evidencia delante de Obad-Hai, Freyeth. Me has privado de su aprobación, pero no has eliminado mi poder. Yo he trascendido, ahora soy parte del bosque, y cada vez que tú o los tuyos os adentréis en mis dominios estaré preparado para recibiros”

Acongojado por la amenaza pero determinado en ayudar a los enfermos de mi pueblo, envolví el ídolo en la red de hojas y comencé el retorno al hogar. Una vez el ídolo recuperó su lugar en el pedestal de nuestra iglesia brotó un nogal en el centro de ésta. El nogal crecía a un ritmo asombroso hasta el punto que tuvimos que abrir un hueco en la cúpula del templo para que cupiese.

De las nueces de este árbol se alimentaron los enfermos y en pocos días sanaron. La locura se retiró de sus ojos y eliminó la mácula parduzca de sus bocas. Pese al júbilo de la sanación del pueblo, de algún modo todos comenzaron a temer al bosque que nos rodeaba y necesitaba el consuelo de la palabra de Obad-Hai.

De éste modo me escogieron para que dirigiera los ritos a la naturaleza, ya que yo había “hablado con Obad-Hai”. Desde entonces me enfrento a los peligros que viven en el bosque y que amenazan a los habitantes de mi poblado y a los viajeros que lo atraviesan. De un modo u otro, no he dejado nunca de sentir la presencia de Viefer, y sé con seguridad que algún día habré de enfrentarme a él.